La vida es sueño puede ser un espectáculo muy gratificante, como lo han demostrado otras puestas en escena que aprovecharon al máximo los elementos que enriquecen el ambiente de la historia principal; buenas historias cruzadas con estupendos personajes e incluso notables encuentros de capa y espada. En esta ocasión se optó por una implacable reducción a cuatro personajes, con su consiguiente limitación en forma y contenido.
El coautor de esta adaptación y director es un admirable hombre de teatro: Carles Alfaro, de quien recuerdo varias obras maestras como El lindo Don Diego, de Moreto para la CNTC; ¡Atchuusss!, sobre textos de Chejov; Tío Vania, de Chejov, en dos versiones distantes varios años, la última mejor que la primera; El arte de la comedia, de Eduardo de Filippo; El portero, de Harold Pinter, entre otras. Esta vez optó por un estatismo operístico tirando al siglo XVIII, de excesiva inmovilidad, potenciando lo peor del texto original: un sinfín de palabras con regocijo repetitivo y pasión por un antiteatro muy calderoniano: no sólo todo se cuenta más de una vez, sino que las escenas principales llegan advertidas con lujo de detalles.
Últimas noticias
Los mosaicos hablan
Luz Neira ha dirigido el último Congreso de la Asociación Internacional para el Estudio de los Mosaicos Antiguos, una cita que se celebra cada tres años a nivel internacional y que en su...
El ajedrez sin tablero
La Guerra Fría, sobre una mesa de ajedrez de las que el Ayuntamiento de Madrid sembró en ciertos parques, tras desmontar el tablero gigante instalado por el alcalde José Luis Álvarez en la plaza de...
Arantza Coello: “Sin juego no hay teatro”
Aranza Coello (Santa Cruz de Tenerife, 1975) lleva doce años al frente de Burka Teatro, junto aNacho Almenar, con quien dirige el auto de La Librea de Valle de Guerra, que este año cumple 400 años,...


